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Una bitácora de escritura (y temas afines):
textos por Leonor Serrano, escritora mexicana

lunes, mayo 30, 2005

Miss Bloguita

Luego de una semana con salmonelosis (no estoy del todo repuesta) puedo volver, al menos a dejar mi voto para Miss Bloguita a petición de mi mejor amigo para ¡SKENE!

Abraham Zachariah, representado de manera simbólica, 1939

Ahora seguimos con la HISTORIA
En 1896, Achilles G. Rizzoli nació en Port Reyes, California, al norte de San Francisco. Era hijo de inmigrantes suizos (de Ticino, la región italoparlante al sur de Suiza). No carecía de talento, pero durante años debió conformarse con trabajos miserables, que aceptaba para ayudar a la manutención de la familia: su padre, Innocente, se separó de ella en 1913, cuando una de las hijas quedó embarazada sin haberse casado.
      Como para incrementar el dramatismo de la ruptura, y nuestra morbosa animación, dos años después de que Achilles --junto con su madre, Emma, y sus hermanos-- abandonara en Port Reyes a Innocente, éste robó una pistola y desapareció, como dicen, sin dejar rastro: su cadáver tardó veinte años en ser encontrado, y mientras tanto los Rizzoli terminaron por dispersarse (un hermano siguió los pasos del padre y jamás volvió a saberse de él). Cuando se acercaba a los cuarenta años, Achilles vivía solo con Emma en una casa en San Francisco, seguía virgen y apenas había logrado dar con un trabajo más o menos estable, como trazador de planos, en un despacho de arquitectos; entre sus estudios estaban diversas materias de ingeniería y dibujo en una escuela politécnica. También había fracasado en el proyecto de dedicarse a la literatura: escribió varios cuentos y una novela, La columnata, cuyo tiraje pagó entero en 1933, pero nadie se avino a leerlos (todos los textos, o casi todos ?según se cuenta? tenían por héroes a arquitectos empeñados en realizar proyectos utópicos).
      Achilles, por supuesto, era un excéntrico: nunca se casó ni siquiera se halló una pareja, dormía en un catre a los pies de la cama de su madre, era tímido y dado a extrañas manías. Pero en 1937, tras la muerte de Emma (obligado detalle sensacionalista: durante el funeral, se aproximó al ataúd y se empeñó en abrir los ojos del cadáver), llevaba dos años de dedicar sus ratos libres a un nuevo proyecto: los dibujos de sus arquitectos ficticios, que eran edificios monumentales y no menos inexistentes, como las pirámides y las esferas de Étienne-Louis Boullée --el arquitecto de lo imposible a quien Peter Greenaway hace homenaje en La panza de un arquitecto-- pero más cercanos a las formas fálicas y angulares del arte gótico, o de los maestros de la edificación imponente y siniestra como Nicholas Hawksmoor. Cada uno de los dibujos era, además, la representación simbólica de una persona, querida o por lo menos conocida de Rizzoli, y en cierto sentido eran las formas que esas personas (quienes rara vez se enteraron del homenaje que recibían) iban a tomar después de la muerte de sus cuerpos.
      En agosto de 1935, Rizzoli abrió una exposición pública de sus dibujos en uno de los cuartos de su casa: la tituló A. T. E. P. (Achilles? Tectonic Exhibit Portfolio, su Muestrario de Exhibición Tectónica), pero casi nadie hizo caso de sus invitaciones; con todo --obsérvese el impulso incesante, la voluntad con resortes secretos y fortísimos--, Rizzoli no dejó de organizar el evento una vez al año, aunque a partir de 1940 renunció a convocar a otros y lo hizo sólo para él. La pieza central de esas exposiciones era, siempre, Emma, transformada en una catedral.
      Durante las décadas siguientes, sus dibujos, casi siempre alzados de fachadas aunque también hay algunos planos, fueron dando forma al proyecto de una ciudad entera: Y. T. T. E., "Yield To Total Elation", "Rendíos A La Total Exaltación", en la que el sistema de símbolos de Rizzoli, siempre lleno de acrónimos y abreviaturas, incorporaba numerosos símbolos. Desde los textos en los márgenes de cada dibujo hasta las esculturas en "sitios públicos" que representaban la Poesía, la Felicidad o la Paz, todo en Y. T. T. E. respondía a necesidades inaplazables y no siempre relacionadas con lo trascendente: un edificio, equivalente al excusado, era el "A. S. S." ( "Acme Sitting Station"), y varios más querían referirse a los muy escasos vislumbres de la sexualidad humana que Rizzoli tuvo en su vida. Sin embargo, Rizzoli modificó su proyecto a partir de 1945, cuando empezó a tener visiones; éstas lo convencieron de que podían formar una suerte de Tercer Testamento de la Biblia, y de que lo inspiraba, directamente, la señorita A. M. T. E. ("Architecture Made To Entertain", "Arquitectura Hecha Para Entretener"), quien se le reveló como esposa virginal de Jesucristo.
      Pero la apoteosis de semejante revelación no tuvo lugar. Aunque la habilidad de Rizzoli no disminuía, su A. C. E. ("Estravaganza Celestial de A. M. T. E", su último proyecto) no quedaba a la altura de lo que percibía, y en 1977 no pudo continuar dibujando: un ataque lo dejó incapacitado, y todas sus pertenencias debieron venderse para pagar su estadía en un asilo. Rizzoli murió en 1981, y fue enterrado junto a su madre en San Francisco.

El Eje del Ascenso, 1939

b)
Luego de su vida de recluso y su muerte en la pobreza --y sin haber logrado interesar a nadie en su trabajo "secreto" de cuarenta años--, A. G. Rizzoli fue "descubierto" en 1990 por Bonnie Grossman, una galerista de Berkeley. Grossman supo de planos, alzados y otras ilustraciones almacenados en una cochera, "al cuidado" de los parientes vivos de Rizzoli (quienes habían rematado el resto de sus pertenencias para pagarle el asilo); al ver las imágenes, entendió que el desconocido autor de todo aquello había sido un genio: un artista de gran estatura pero marginado de todos los circuitos y conventículos. Poco después se organizó una exhibición "retrospectiva", que se presentó en varios museos de los Estados Unidos, con imágenes de todos los proyectos y cosmogonías de Rizzoli; luego se editaron libros sobre su vida y su obra y hasta se filmó un documental. Luego, el conocimiento de estos asuntos comenzó a propagarse por el mundo, llegó a países subdesarrollados y fue tema de columnistas en los suplementos culturales (o de notas en bitácoras).
      Como puede verse, la historia tiene la cantidad apropiada de altibajos melodramáticos para ser reconfortante: después de todo, está hecha para nosotros (consumidores del mito de Rizzoli, tan semejante al de Van Gogh, Munch y otros héroes trágicos de las artes de occidente), que nos beneficiamos de la "justicia poética" hecha al artista como celebridad --es decir, como mera imagen-- y no debemos tratarlo con justicia de ningún otro tipo, remediar las carencias de su existencia cotidiana ni siquiera lidiar con la persona viva. Más aún, basta con que lo vindiquemos apreciando su "calidad", y a partir de ese reconocimiento podemos comenzar a malinterpretarlo, como a Kafka, de acuerdo con nuestro sentimentalismo o con los clichés más cercanos a nuestra idea de su arte. No importa que las visiones de Y. T. T. E. o de A. M. T. E., los hombres y mujeres renacidos como edificios, el plan por el que todos los planos juntos formaban la imagen de un mundo distinto e inalcanzable, sean, en efecto, atisbos de una realidad que trasciende nuestra propia idea del mundo: fragmentos de una experiencia intransferible, reflejada sólo de modo imperfecto en los dibujos.
      Tampoco importa que las categorías más accesibles (como "arte naïf") sean realmente incapaces de asimilar del todo lo que Rizzoli creó, pues había tenido cierta formación como dibujante. En realidad, podemos reducirlo todavía más: cualquier día veremos su biografía al estilo Hollywood, con una plantilla de guión parecida a la de Mente brillante (Ron Howard, 2001), con Russell Crowe u otro semejante en el papel de Rizzoli y con el guionista haciendo grandes esfuerzos para callar su celibato (tal vez Jennifer Connelly interprete a la Señorita Arquitectura, apropiadamente despojada de atributos religiosos, y haya besos con música estilo Titanic), así como el amor obsesivo que Rizzoli sentía por su madre.
      Un paso en la dirección correcta (o por lo menos en una dirección distinta) sería recordar la idea del art brut que propusieron André Breton, Jean Dubuffet y Antoni Tapiès en 1948: el término ha sido explotado con exceso y muy poco rigor, pero en su mejor definición apunta a la base misma de la división entre "el arte" y "el resto", y al hecho de que, aun sin discutir su justicia, no es posible negar su arbitrariedad y su carácter excluyente. Aunque Rizzoli es un artista marginal, sabemos de él cuando se le saca del margen porque sus trabajos tienen la suerte de ser conocidos por alguien con autoridad en el mundo del arte.
      (Miles de otros jamás verán su trabajo en una galería. He aquí un caso relativamente reciente: Carlos Coffeen-Serpas, mexicano, autor de numerosos dibujos con pluma sobre cartulina que muestran variaciones sobre el dolor, el sol y la luna, las deformidades y los monstruos. La madre del artista, para obtener algo de dinero tras la muerte de éste, subía a los autobuses con dibujos bajo el brazo, para venderlos por unos pesos. Muy pocos deben haberse dado cuenta del valor de lo que estaban comprando; uno de ellos fue el dramaturgo Hugo Argüelles, quien adquirió varios, y otro el narrador Ricardo Bernal, quien me contó esta historia.)
      A. G. Rizzoli se pasea por el mismo jardín (está en el manicomio de la imaginación) que frecuentan William Blake, quien conversaba con los ángeles y compiló los proverbios del infierno; que Daniel Paul Schreber, quien iba a convertirse en mujer y engendrar una nueva especie humana, y cuya cosmogonía fue malentendida, con gran prestigio, por Sigmund Freud; que Philip K. Dick, quien oía voces y escribía novelas costumbristas en mundos puestos cabeza abajo. También están otros muchos, sin nombres. Todos señalan, a cierta hora del día, un mismo umbral; del otro lado estamos nosotros, que sólo entendemos a medias sus gestos y los llamamos con nombres de belleza.

A. G. Rizzoli

lunes, mayo 23, 2005

The Art of Fiction: Cine

El atareado Mauricio Salvador ha abierto un nuevo blog de crítica: se llama The Art of Fiction: Cine y me ha tocado en suerte ser el primero en poner una nota, luego del aviso de apertura. Los invito.

domingo, mayo 22, 2005

Lapidarias

Todavía no puedo decir que he vuelto, pero dejo, por el momento, este artículo. Muchos saludos a todos. --AC

Para ilustrar que los comienzos son difíciles, como dice el cliché, pero también que nada debiera concluirse de ellos y son engañosas las imágenes románticas del esforzado que da sus primeros pasos contra toda esperanza, y triunfa de las dificultades por la mera obstinación, etcétera, presento esta anécdota:
      En una escuela por la que pasé, hace más de quince años, varios amigos nos reuníamos para leer. Ninguno, por supuesto, pertenecía a los grupos de glamour y belleza y salud aeróbica que reinaban sobre la plebe de cada salón, pero ése es otro cliché. Cada fin de semana íbamos de casa en casa, en tertulias tan largas que se prolongaban (a veces) hasta la mañana siguiente. Se suponía que todo era parte de un taller, llamado "Textos nómadas" y patrocinado por la propia escuela, quien había contratado al organizador de todo aquello: Porfirio Hernández, poeta y amigo querido, como una de varias actividades culturales que ofrecía el plantel.
      "Textos nómadas" fue cerrado oficialmente al poco tiempo, porque se llevaba a cabo en casas y no en instalaciones del plantel y quién sabe a qué vicios nos entregábamos sin vigilancia constante, supongo (en la misma escuela pasó aquella otra historia, la del muchacho que ganó un concursito local con un cuento tan "perturbador" que el vez de darle su premio le exigieron que fuese con un psiquiatra). Pero Porfirio fue tan generoso como para continuar con las reuniones. Poco a poco, además, quienes también deseábamos escribir --y éramos los más; véase el cliché arriba mencionado-- nos fuimos decidiendo a presentar nuestros textos, o por lo menos a trasladar parte del tiempo que pasábamos juntos a fines distintos de leer y comentar nuestras lecturas. Parte de esos fines fue también convivir, simplemente, y fiestear como hace todo el mundo (no sé si alguno de nosotros creyó alguna vez en el tercer cliché enorme de esta nota, a saber, el de las fiestas de los escritores como parte del proceso divino de la inspiración y por lo tanto más finas o menos abiertas al ridículo y al carnaval mientras más desaforadas y excesivas, al contrario de las del pueblo llano); parte, con el tiempo, fue jugar "Lapidarias".
      No sé de dónde viene el nombre, que Porfirio propuso. Se juega así: en una hoja de papel, cada jugador hace una tabla con varias columnas, cada una de las cuales debe estar encabezada por un concepto más o menos abstracto; la serie original que empleábamos era Ego, Amor, Muerte, Historia y Tristeza. Luego, como cuando se juega "Basta" (¿la gente todavía juega "Basta"?), en cada turno se debe llenar la totalidad de las columnas, pero no con palabras solas sino con textos breves, y el primer jugador en llenarlas avisa que ha terminado para que los demás no puedan alcanzarlo. Los textos para cada columna se crean eligiendo, de algún modo azaroso, una palabra concreta que se pueda unir a las categorías abstractas y estimular la imaginación.
      Por ejemplo, "espejo", que pareada con Ego dio una vez: "Lleno de locura me encontré en el espejo. Después, me amé."
      O "botella", que unida con la categoría Sorpresa (porque Tristeza nos pareció demasiado restrictiva luego de algún tiempo) dio esto: "El náufrago metió el mensaje en la botella, pero luego no pudo sacar la mano".
      O "fosa", que cruzada con Muerte dio mi primera minificción publicada. Por alguna razón estaba orgulloso de ella y la titulé

EL PUNTO EXACTO
--Ya llegamos --le dije--. Éste es el punto exacto.
      --¿Exacto para qué? Sólo veo es una fosa.
      --Exacto --y disparé.

Desde luego, la idea de que las raíces del trabajo de un escritor puedan verse tan claramente como su destino y la alturas de sus logros desde el primer texto es (o así lo espero) un cliché más. Ahora diría que la palabra "fosa" queda muy forzada en el cuentito y que el intercambio no suena muy convincente. Además, parece menos un cuento que un chiste, lo que ocurre todavía más claramente en los textos previos (retengo, desde luego, los nombres de todos los autores).
      En aquel tiempo llegamos a pensar que las "Lapidarias" eran una hermosa máquina de pensar, una especie de manantial inagotable. Recuerdo libretas en las que se guardaron numerosos textos elegidos por aclamación. Hubo pequeñas antologías de los mismos textos en revistitas olvidadas. Haríamos un libro colectivo, qué va, haríamos varios libros, uno de cada quién. Al mismo tiempo, desde luego, luchábamos con la escuela, con "la vida" (de seguro se entiende por qué puse comillas) y con cualquier texto más extenso o menos fácil de formular como una conjunción de dos palabras, y por lo tanto debería recordar también más de un cuento largo que nos parecía perfecto pero se diluyó tras meses o años de pequeñísimas mejoras, mientras su autor no conseguía completar ningún otro; debería recordar a la gente que se decidió por tener profesiones de provecho, o por formas de entretenimiento que exigían menos esfuerzo: ver dibujos animados, por ejemplo, en lugar de hacer relatos, o simplemente emborracharse, sin tertulia ni nada. Debería pensar si hay alguna "lección de vida" (como si la frase tuviera sentido fuera de la televisión) en todo esto.
      Por otro lado, la gente sigue segregando minorías que se reúnen en tertulias reales o virtuales a escribir cuentos brevísimos. Y la mayor parte de los escritos siguen siendo terribles, y los detractores de la minificción como género, que apenas comienza a reconocerse, siguen teniendo abundante material para sus argumentos. Omito, por ser un cliché, la parte sobre la experiencia colectiva e imposible de comunicar, el peso del pasado, la melancolía.
      Etcétera.

martes, mayo 03, 2005

Dando vueltas
anuncio y regalito

De regreso de casi una semana por Tampico, andaré fuera de aquí por un tiempo un poco más prolongado. Espero que les vaya muy bien entretanto. Muchos saludos y un regalito: "The Song is You" (2.76 MB) de Charlie Parker, que permanecerá aquí siete días enteros. Que la disfruten y gracias por venir.

Nota del 15 de mayo: me tomó un poco más de lo previsto venir y quitar el enlace. Bueno, espero que más hayan podido disfrutar al gran Bird. Yo mismo volveré más en serio, espero, pronto. Salud...

lehonor77@hotmail.com

  • TALLER INTEGRAL DE CUENTO: sábados de 10:00 a 12:00 horas en Casa Tomada (Callejón de Romita #8, colonia Roma). Más informes en Fatal Espejo. Inscripciones el primer sábado de cada mes.
  • TALLER DE ESCRITURA CREATIVA PARA DESVELADOS: jueves de 20:00 a 22:00 horas, Ad Hoc Ingeniería Cultural (Segovia 13, colonia Alamos, Ciudad de México). Informes en el teléfono 5440 6110.

envía, gratis, artículos y noticias ocasionales

Todos los textos © Leonor Serrano a menos que se indique lo contrario.
 
Esta bitácora se ha llamado, también, "El invitado incierto", "Mundo raro" y "La ciudad imaginada".
 
Desde 2005, el sitio reproduce textos aparecidos en otros lugares y agrega otros hechos especialmente para su publicación en la red; los archivos de 2003 a 2004 ofrecen artículos y reseñas aparecidos en diversas publicaciones.
 
Leonor Serrano es una escritora mexicana, autora de libros como Estoy en mis días (2006), La recámara de maravillas (2005), El paisano de los hablistas (2004) y Genitales de Edmundo (1998).
 
"La materia no existe" es una canción de Carlos Desastre, compuesta para el grupo 713avo Amor (A veces el dolor, 1995).

 

 
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